miércoles, 25 de enero de 2017

VIRGINIA HABÍA NACIDO PARA AHOGARSE



Nadie pareció sospechar, aquel 25 de enero de 1882, que Virginia Woolf había nacido para ahogarse. Nadie supo entonces que, con ella, todas nos ahogaríamos un poco, pero también que, sólo gracias a ella, nos salvaríamos de ahogarnos. Sonrió a los que la vieron pasear entre los árboles aquella mañana de marzo. Llevaba un abrigo muy largo cuando escribió dos notas breves (una para Vanessa, otra para Leonard) en su pequeño cuaderno. Nadie previó que, antes de llenar de piedras sus bolsillos y hundirse en el río Ouse, Virginia escribiría algunos libros que cambiarían el curso de la literatura para siempre y que (algo más importante todavía) transformarían a todas sus lectoras, dejándonos como herencia una escalera muy grande y una lupa. Gracias a ella alcanzamos la altura necesaria para perder el miedo. Gracias a ella pudimos ver las cosas diminutas, invisibles con las que tropezaban nuestros pasos. Como a menudo ocurre con las grandes escritoras en cuyas biografías hubo desde el principio algo torcido (pienso en el miedo atroz a los otros de Emily Dickinson, en las depresiones recurrentes de Sylvia Plath o en las estancias en el psiquiátrico de Alejandra Pizarnik), cuando se habla de ella casi siempre se recalcan las palabras depresión, enfermedad, locura. Pero nunca se explican las razones de esa incomodidad profunda, de esa continua sensación de estar desencajada. ¿Cómo no palidecer cuando el lugar que ocupas jamás se representa, cuando siempre estás fuera de los mapas? ¿Cómo no revolverte cuando habitas un mundo que no te pertenece? ¿Cómo ser mujer en una realidad hecha por unos pocos hombres que tan sólo pensaron en otros pocos hombres mientras levantaban sus bastones de mando o se subían a los púlpitos de sus iglesias, sin mirar a los ojos a quien guisaba en sus cocinas? Cómo, además, no volverte loca, si pudiste entreabrir una puerta y asomar la cabeza a los sitios prohibidos, si tuviste la suerte de leer los libros que estaban reservados para ellos, de comprar un puñado de hojas y algo de tinta, de conseguir el tiempo y el espacio necesarios para escribir; si lograste publicar, incluso, mientras las manos de las demás se llenaban de surcos, sabiendo que todas tus hermanas se agrietaban por dentro. Cómo no llenar tus bolsillos de piedras y hundirte en el río Ouse si cada palabra tuya era sistemáticamente cuestionada, cada mínima rebelión desaprobada, cuando ellos escupían en cada una de tus pequeñas conquistas y podías intuir ya que 100 años después de escribir lo que escribiste las cosas seguirían prácticamente como estaban. Virginia, lo raro no es que tú te ahogases. Lo raro es que nosotras no te hayamos seguido. Y, si resistimos desde entonces y desde entonces luchamos, es, en gran parte, gracias a todo lo que tú nos legaste: a tu escalera, a tu lupa, a tu palabra.

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