jueves, 31 de diciembre de 2015

OJALÁ







Escucho “All of me” y “No more blues” y canto. A veces paro y respiro hondo y el olor de la pócima que bulle en mi cazuela me consuela. Cocino para exorcizar a los monstruos que han vivido entre mis paredes este año, que como polizones durmieron en nuestra cama, pegados a mi espalda. Cocino para despedirme de ellos y decirles que, a pesar de todo el odio, he aprendido a quererlos. Para decirles que puede que incluso los eche de menos y que espero, eso sí, que no regresen nunca. Mientras doy vueltas a lo que flota en mi olla, pienso en todos aquéllos a los que he amado, aunque fuese un poquito, en este año rocoso y de ceniza. Desfila mucha gente frente a mí en este recuento de afectos y sonrío. Son un ejército de rostros y de manos tendidas. Y suman muchos más que los fantasmas, aunque a veces no haya sabido darme cuenta. Y por detrás de esos fantasmas y de los rostros amigos, siempre tú y tus besos y tu cuerpo-refugio. Tú poniendo tiritas y empujando despacio. Esta noche brindaremos juntos y estaremos en familia. Y yo repetiré para mí, como si fuese un conjuro: “Ojalá que en el 2016 la vida se ablande. Ojalá que yo pueda ablandarme con ella. Ojalá que haya menos aristas, menos cristales, menos guijarros. Ojalá que sea más fácil deslizarse. Ojalá que saquemos la cabeza del fango. Todos. Todas. Ojalá que nos dejen, ojalá que sepamos ser mejores. Ojalá que podamos abrazar a los monstruos hasta que se vuelvan esponjosos”.