miércoles, 19 de agosto de 2015

UN PERFECTO DESCONOCIDO



París se desplegaba ante su mirada. Desde detrás de la ventana, las personas sentadas en las terrazas de los cafés, los grupos de turistas, la gente que caminaba por las calles, eran figuras borrosas, contornos tan sólo, pequeñas manchas en movimiento: manchas desplazándose sobre los adoquines, asomando entre los árboles o paradas al borde del río. Grupos de manchas detenidas frente a la fachada de una vieja iglesia; manchas solitarias deslizándose a prisa de un lado a otro de la calle; parejas de manchas detenidas en mitad del puente de piedra, muy juntas, con su balanceo casi imperceptible.
Como si se tratase de un mundo visto por primera vez, Filippo oteó la orilla del Sena nada más salir al balcón de la suite presidencial de su hotel. Con extrañeza, siguió con la mirada el recorrido de uno de esos barcos para turistas que cruzan el río. A Filippo le pareció hermoso el efecto que la noche daba a la embarcación, cómo la convertía en un montón de luciérnagas cabalgando la oscuridad del agua. Pero le pareció hermoso sólo de la manera en que a veces encontramos belleza en las cosas por las que no sentimos ningún tipo de apego, aquéllas que nunca, por el hecho de sernos tan ajenas, podrían llegar a conmovernos.
Había comenzado a sentirse extraño en el restaurante del hotel, poco después de que le sirvieran la cena. “Cárguelo a la habitación 213”, se había oído decir sin saber muy bien de dónde venían sus palabras. Tras tomar el café, se había encontrado algo mareado y había caminado por el interminable hall hasta el ascensor, para después tomar el pasillo de la izquierda, directo a su suite. Llevaba una hora mirando por la ventana cuando se decidió a salir al balcón. Resultaba inquietante aquella imprecisión, aquel baile confuso de figuras desconocidas, irreconocibles. Sólo en el desplazamiento acompasado de las embarcaciones sobre el Sena encontraba Filippo cierto sosiego.
Volvió a su habitación y, convencido de estar ante la ropa de otro hombre, Filippo observó largo rato la chaqueta colgada en el respaldo del sillón y le admiró el impecable planchado de los pantalones negros junto a los que reposaba una corbata gris perla. Después, esforzándose por descifrar aquella letra extraña, Filippo leyó el cuaderno de notas de encima del escritorio y lo dejó, después, al filo de la cama. Tomando entre sus manos la cartera que asomaba del bolsillo de la chaqueta, Filippo palpó la elegante piel marrón, alabando para sí el buen gusto de su propietario; la abrió, contó el dinero, revisó las tarjetas de crédito y extrajo de ella una única fotografía. Miró fijamente a la mujer rubia pesando que era bella; desplazó su mirada al bebé que sujetaba y al tipo con los pantalones negros y la corbata gris perla que posaba junto a ella. Parecían felices.
Sin saber por qué, comenzó a inquietarse. Algo no terminaba de ir bien. Caminó hacia el aseo y, mientras la bañera redonda se llenaba de agua, agarró el cepillo de dientes, se enjuagó la boca y lo colocó en una enorme bolsa de aseo que le dio la sensación de ser amplia y muy práctica; el tipo de bolsa que él hubiese elegido. Al salir del baño, en el espejo empañado por el vaho, examinó con desconcierto aquel cuerpo desnudo, como si ni una sola de sus partes y, mucho menos el armónico conjunto que todas ellas formaban, fueran suyos. Permaneció largo rato sumergido en el agua y salió, al fin, envolviéndose en un albornoz blanco, mullido. El baño no le había tranquilizado. Cada vez estaba más inquieto. Se afeitó con automatismo, acarició su rostro y miró esos ojos, turbado por la sensación que le había perseguido durante todo el día, ésa de la que no lograba desprenderse: ¿qué tenía él que ver con aquel hombre que le asaltaba en una fotografía para volver después a acecharle detrás de los espejos? ¿Qué siniestra alucinación estaba teniendo? Intentaba recordarse a sí mismo, pero sólo era capaz de verse como una mancha informe parecida a las que había observado aquella noche desde la ventana. Sus escasos recuerdos de aquella noche lo convertían también a él en una figura borrosa, en un contorno indefinido.
Volvió al dormitorio y, agitado por una creciente angustia, bordeando el ataque de pánico, revolvió la maleta negra hasta dar con un bote de barbitúricos. Desesperado, se los tragó uno a uno, hasta terminar con todas las pastillas. Unos minutos después, los dedos de las manos se aflojaron y sólo se oyó el rumor de un cilindro de plástico, hueco, vacío, rodando sobre el suelo. Y Filippo cayó, flojo, elegante como un bailarín de ballet, sobre las baldosas de mármol, justo a los pies de la cama.
Cuando la mujer rubia llegó al depósito de cadáveres al día siguiente, inspeccionó una a una las pruebas periciales, horrorizándose al comprobar que, sin lugar a dudas, aquellas ropas, la agenda, esa cartera, la documentación, la fotografía de carnet, los enseres de aseo, eran los de su marido. Al llegar a la mesa de autopsias, los policías descorrieron la sábana que cubría a Filippo. Siendo, incluso, el cuerpo que yacía en la mesa de autopsias el de su amantísimo esposo, el rostro de la mujer no mostró perturbación alguna. Estuvo observando largo rato a aquel hombre y en todo momento le pareció un perfecto desconocido.