jueves, 26 de marzo de 2015

NÚMEROS EN UN VAGÓN DE METRO





Uno suspiró. Dos asintió con un par de golpes de cabeza. Después, ambos guardaron silencio. Ninguno sabía absolutamente nada del otro. Nunca antes se habían visto y, probablemente, jamás volverían a hacerlo. Pero ahora, ocupaban asientos colindantes en el mismo vagón de metro, en la línea verde que cruza la ciudad describiendo una especie de parábola sin sentido. Y el caso es que, cuando Uno suspiró, ni siquiera había reparado aún en el hecho de que Dos existía. Ignoraba cuántas paradas llevaba ahí, ni si acaso estaba ya cuando él entró y decidió ocupar aquel asiento libre. Sea como fuere, cuando Uno exhaló el suspiro que exhalan los hombres que necesitan con urgencia vaciarse de sí mismos, Dos asintió con un par de golpes de cabeza, hacia atrás y hacia delante, lentos, que parecieron no terminar nunca. Uno no se atrevió a girarse, pero acompañó con el rabillo del ojo los movimientos de Dos y, por un momento, sintió algo parecido a la ternura, al consuelo. También Dos se sintió confortado. Desde ese momento, tanto Uno como Dos no habían dejado de pensar el uno en el otro. Imaginaban, trataban de imaginar, frases con las que comenzar una escueta conversación, mínimos gestos de complicidad, una tímida sonrisa. Ninguno quería bajarse del vagón sin esbozar una muestra de gratitud, sin dejar claro que había comprendido el lenguaje que habitaba en el silencio del otro. Pero Tres, y Cuatro, y Cinco, y así hasta Treinta y Seis, se apelotonaban a su alrededor, y una especie de recato o de vergüenza atenazaba cualquier gesto. ¡Diablos, hablar en el metro con un desconocido es cosa de viejas y pirados! Todo el mundo lo sabe. Lo más sensato cuando viajas en metro es zambullirte en tu libro, ocultarte detrás de tu diario, poner la música bien alta y usar como caparazón tus altavoces o, en caso de no tener cómo esconderte, aguantar el tirón de la desnudez, de la exposición impía a los demás, mirando hacia abajo, concentrado en los zapatos de la gente. Al cabo de cinco paradas se habían esfumado las buenas intenciones. Uno permanecía anclado en pensamientos anteriores a su llegada al metro y casi había olvidado ya a Dos que, por su parte, andaba dando vueltas en círculo a la discusión de esa mañana con su jefe en la oficina. Entonces, Uno se levantó, se abrió paso entre Siete, Diez y Quince, que se interponían entre él y la puerta de salida, y esperó a que el vagón se detuviese. Cuando, al llegar a casa, Laura le preguntó qué tal le había ido el día, Uno se extendió contando sus problemas, sus dudas, sus desencuentros y sus pequeñas conquistas de la jornada. No mencionó a Dos ni de pasada.

POLIZONES











Una capa de moho cubría las bodegas del barco en que viajábamos. Nos ocultábamos tras una ristra de bidones que olían a vino rancio y a madera podrida. El calor era húmedo y faltaba el oxígeno. Desde arriba, llegaban las voces confusas de los marineros, las órdenes claras del capitán, el griterío agudo de los niños. Y, aun sabiendo que seríamos los primeros en ahogarnos, cuando el agua comenzaba a mojar nuestros zapatos, nos quedamos muy quietos y en silencio, como corresponde a los buenos polizones.


* Fotografía de Sylvia Colón (Puerto Rico).