domingo, 25 de marzo de 2012

K. escribe por las noches




El hombre-murciélago no pasa las noches, en contra de lo que pueda pensarse, colgado del techo. En realidad, permanece con los pies apoyados en el suelo, sentado en su escritorio, bajo la luz de una única vela que cimbrea sobre el papel blanquecino insinuando rostros y formas a los que la potente imaginación se ocupa de dar nombre y, por tanto, vida. Fuera, en las calles de Praga, reverbera el silencio que nace dentro de la estancia. Para el oído atento a la escritura, lo que queda al otro lado de la pared, más allá del propio cuerpo conectado a la silla, al suelo, al papel y a la pluma, es el vacío mismo, la instantánea de una región muerta. Praga es entonces una de esas ciudades fantasma que a menudo aparecerán en los westerns, mucho después. Sobre la mesa se extienden los mapas hechos de palabras a los que dedica el quiróptero su análisis. El ejercicio de cartógrafo en el que se emplea utiliza sólo letras; no requiere de brújula o cuadrante. El país que reproduce a escala en sus papeles no existe más que en las sombras proyectadas sobre el papel, en los movimientos que al mirarlas realiza la conciencia para obrar la alquimia de la literatura. Las proporciones de su país son gigantescas, inhumanas, y el paisaje del mismo semeja una red de laberintos intrincados, unos dentro de otros, expandiéndose ad infinitum. El murciélago insomne moja la pluma en el tintero y continúa con sus párrafos-ramas, enredando las frases hasta convertir el papel en un bosque negro de troncos afilados y lagos de tinta dispersos. Durante el día, el murciélago se comporta como si fuese un hombre cualquiera. Pero es torpe su humana voluntad y apenas sabe dirigirse en los asuntos corrientes en los que todos los demás parecen desenvueltos y encantados. En su trabajo de oficinista, aunque eficaz y diligente, se muestra a menudo taciturno y casi siempre arisco, distante. Ni siquiera en el seno familiar sabe vivir sin sentir que se ausenta. Siempre hay un tabique de incomodidad, de incomprensión, que le separa del padre, la madre, las hermanas (a cada rato, la sospecha de que algo lo hace irreconciliablemente distinto). Tal vez si no fingiera, durante el día, que sus orejas afiladas son un raro rasgo más de su extraño rostro humano, y no un signo inequívoco de su naturaleza real de “murcielombre”, de criatura híbrida, inaudita, no podría escribir lo que escribe por las noches, cuando extiende las alas negras a su antojo y sobrevuela los papeles a sus anchas, pertrechado de su visión de radar que combina ojos y oído, que ve a fuerza de emitir sonidos inaudibles. Es lo que durante el día lo desliga de la vida, lo que de noche desata su escritura. Fuera, Praga es una ciudad muda, en suspenso, que en nada se parece al museo de cera que será mucho más tarde, cuando el raro rostro de K se estampe en tazas de café y en camisetas que compren los turistas con cara de cangrejo que jamás han oído hablar de fogoneros, artistas del hambre, cantantes Josefinas, castillos, procesos o condenas. Mañana, en Praga, Gregor Samsa agonizará patas arriba en la habitación de un hotel de cinco estrellas, luchando por poder darse la vuelta antes de que el insecticida de última generación penetre en sus pulmones. “Nunca podrán con Praga”, me dice de pronto el Doctor Pasavento. Levanto la vista de la pantalla y veo cómo me mira con aire de reproche. “Ningún lugar está a salvo, amigo Enrique. No te equivoques. Con Praga ya pudieron hace tiempo”. Y el otro hombre-murciélago se marcha irritado o taciturno, no se sabe bien.