viernes, 30 de diciembre de 2011

BALADA DE FIN DE AÑO


Declinaba diciembre. Hurgué en los restos de los últimos meses para componer con ellos mi particular balada de fin de año. Más mujer-topo que mujer-pájaro (Las alas yacen cubiertas de agujeros de bala. Todavía no he tenido el valor de parchearlas) era consciente de haberme pasado el último año y medio excavando. Mi casa: una galería de túneles subterráneos, un lugar inmenso, que llegó a ser hermoso por momentos, aunque nadie más pudiera visitarlo. Parada junto a la tierra removida, hubo días en que creí estar ante mi tumba. Extraño presentirme tan muerta, adivinarme regresando de todas las batallas, claramente vencida. El miedo presidió mi mesa, llegando exacto al toque de campana que anunciaba las cenas, a las diez. Con la misma puntualidad inglesa, lo recibí cada noche haciendo reverencias, hasta que su presencia dejó de incomodarme. Con mi nuevo pelaje, transformada en un animal ciego, me quedé lo más quieta que pude y allí, guardé silencio. No recuerdo si en plena hibernación alcanzaba a soñar o si solamente dormía. A medida que los días fueron más luminosos, ensayé liberarme de lo oscuro. Tracé planes de huida diminutos, a la medida de mis nuevas proporciones. Me busqué en la literatura y el estudio, en todo lo que casi había olvidado. Recuerdo de la cueva recién abandonada, las pulgas siguieron anidando entre mi pelo y, aunque recuperado mi disfraz de mujer-bala, mi apariencia humanoide, el animal que vive en túneles sin luz siguió habitando aún mis interiores. El cuerpo-alma se había vuelto mojama, desértica planicie, tierra azabache incapaz de alumbrar lo profundo y expulsar a la criatura que vive de cavar negros túneles en los espíritus más negros. No volvió la música. Aún no se decide a estar de vuelta. En primavera, me transformé divertida en un fantasma, y nada me pareció más acorde al momento. Las reuniones con la señora que quería hacer de su vida de huecos una novela fueron a ratos humorísticas, a ratos tan sólo algo irritantes. Rodeada de escenas surrealistas, reingresando en la literatura convertida en personaje de Beckett, escuché a mi señora Pepita y, disfrutando a ratos de aquel teatro del absurdo, le escribí una vida que no había sido la suya, en la que ella, curiosamente, estuvo dispuesta a reflejarse. Vinieron los días de cajas registradoras y papel de regalo para envolver best-sellers, libros de autoayuda, y todo tipo de páginas impresas que el mercado se empeñaba en hacer pasar por literarias. Llegaron los clásicos ligados al trabajo: los juegos de poder que buscan por respuesta mansedumbre; y yo, como siempre, sintiéndome torpe en esas lides, guardándome la rabia en los bolsillos, poniendo a ratos en jaque a las dos reinas. El verano antecedía un tiempo de mudanzas. Preparándonos el nido, tú y yo coleccionábamos ramitas y encalábamos las paredes de aquel patio florido. Llené el cenador de farolillos y la casa de velas de colores. Prometeo que nace al albor del sonido de las olas, traje el fuego, la luz, a los rincones, cuando nuestro hogar de salitre y brisa fresca empezaba a perfilarse. Mis miedos, mis maletas, mis ganas y mis libros se amontonaron en el suelo. Hice nuestro el espacio que había sido tuyo, dejando mi huella impresa en las baldosas. Y a la vuelta de un viaje a mis raíces, de un mes de sur coronado con tu cuerpo, volvimos juntos a casa, golpeando a la vez nuestros talones. El amor fue templándome los nervios y el miedo ya apenas se atreve a visitarme. Nunca falta en casa algo caliente, ni la risa que llega en el momento justo, cuando mi mirada parece ensombrecerse. Que sigan sin faltarnos. Que tu cuerpo-madriguera me siga cobijando y, al contacto con tu piel, se borren las heridas. No tengo prisa. Sé que un día cualquiera, zurciré mis alas y volveré a coserlas a mi espalda.