miércoles, 17 de agosto de 2011

Si supieras, Federico

Y, ¿qué te importa a ti este vuelo de papeles afilados que desde las tribunas se lanzan los unos a los otros disputándose tu nombre? ¿Qué te importan las trincheras impresas desde las que disecaron tu palabra de hierbabuena, el cuchicheo que traspasa las paredes de los despachos donde se teje la conjura de Narcisos que decidieron hacer de tu cadáver su espejo? ¿Qué tienen que ver con tus versos este olor a formol de la academia, esta fiebre de insignias que las autoridades se empeñan en hincar con alfileres en tu pecho, esta locura de panfletos que reclaman con tu rostro la adhesión a sus causas? La Torre de la Vela está siendo acribillada por balas de luz a todas horas; ésta no es la Granada que tú hubieses querido. Los francotiradores se apostan en San Nicolás con gorras y chancletas y disparan una y otra vez contra los muros de la Alhambra; tanta avaricia terminará cayéndonos encima. Ningún niño canta ya el romance de Mariana Pineda y sólo las palomas que defecan en su rostro de piedra y anidan en su bandera se acuerdan ya de tu heroína. ¿Cuántos en esa hilera de palcos donde apuntan una a una las cosas que de ti les van dictando ésos que se jactan de conocer todos tus secretos, habrán abierto a solas un libro tuyo y habrán sabido llorar sin notas al margen, reír sin subrayados? Si supieras, Federico, que lo mismo te usan de bastión que de cuchillo, si supieras lo siniestro que puede ser oír tu nombre, cuando los buitres planean sobre él queriendo hincar sus picos en tu carne, robarles el festín a los gusanos. Si supieras cuánta razón tenías: “No son los muertos los que bailan”. Los que bailan “son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos, los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras”. Los tipos de traje y de sombrero se juntan alrededor de una mesa para jugar al póker con tus huesos; apuestan si sellarán tu fosa para siempre o la abrirán para exhibir tu cráneo en los museos. Y, en mitad de tanto juego absurdo alrededor de tu nombre, de tanta cátedra, de tanto premio, de tanta autoridad conseguida a fuerza de gritar aquello que escribiste más alto que los otros, demasiados viven del usufructo de tus versos tibios y mojados. Si supieras que las ramas del olivo bajo el que te dieron muerte están coronadas por fajos de billetes, que tu recuerdo es un parque de atracciones donde un puesto de algodón de azúcar precede a uno mayor, de tiro al blanco. Si supieras, al fin, Federico, cómo te devolvieron de este lado los que te reivindican su poeta, sin importarles nada que tú ya hubieras dicho: “Yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”.

EL POETA

El poeta supo que la verdad incómoda que el público rehuía, todo lo que las gentes de bien encerraban bajo siete candados con el afán de olvidar, conformaba el cenagal del que tenía que surgir el teatro al que él aspiraba. Supo que había que hacer revolverse a los espectadores en sus palcos, provocarles la náusea que reprimían. Desenmascarar a la literatura, pero, sobre todo, desenmascarar a quienes se parapetaban tras la conformidad con una noción de arte que no les obligaba a mirar lo que no querían ver, que les reafirmaba, a fuerza de artificios estéticos y morales, en la ficción que habían convenido como auténtica: la de sus propias vidas ordenadas y pulcras, la de un mundo levantado a costa de aparentar que nada de lo que pasaba estaba teniendo lugar, que todo permanecía en su sitio. El poeta se aventuró a convertir su propio teatro en un estercolero, en un pantano vacío de agua que dejaba de pronto al descubierto la injusticia, la incoherencia, la bestialidad, lo que nadie quería enfrentar sin tapujos: “Para no ver el inmenso torrente de lágrimas que nos rodea cubrís de encajes las ventanas”. Ensayó, en El público y Comedia sin título, ese otro teatro, visceral y devastador, que pondría en jaque todas las mentiras y la falsa belleza en las que convenimos creer para que nuestro mundo podrido no se viniera abajo. En la etapa surrealista aparece el Lorca más real, más apegado al ser, al necesario ejercicio de mirarse de veras al espejo sin autoengaños ni simulaciones. Denunció que los dramas que conmovían y entretenían a la sociedad de su tiempo estaban haciendo oídos sordos a la verdad mísera de las calles, al dolor de la gente, y echó abajo la belleza de atrezzo, quiso que lo que ocurría entre bambalinas se convirtiera también en parte de la trama, que los trucos del teatro se mostraran a sí mismos como tales y que, desde los palcos, los asistentes vieran cuál era el rostro sin maquillaje de la vida, el aspecto del desnudo que queda bajo todas las máscaras. Hizo así del teatro una metáfora del mundo, al que sabía que habíamos de despojar de todo convencionalismo moral y social, para entender al ser humano y representarlo de veras, mostrando las caras que tamizamos con cientos de caretas, para no ver de lo que realmente estamos hechos. Por eso lo asesinaron, por obligar a su tiempo a mirar sin velos el horror que a todos nos habita, por forzar al hombre a reconocerse en una imagen de sí sin encubrimientos ni distorsiones. Y por eso sigue, hoy, más vivo que nunca.

PREGUNTAD AL OLIVO

Enroscado en su propio tallo, hay un olivo que es portador de todos los secretos. En mitad de la nada, el árbol clava sus raíces sobre la tierra disponiéndolas como si fuesen tentáculos y abraza al poeta mientras las balas rastrean el aire buscando el calor de un cuerpo asustado. No queda más que el silencio. El olivo acaricia al poeta con dedos ásperos. Tiene el tronco torcido de anhelar crecer al mismo tiempo en todas direcciones. El barranco de Víznar vigila su sombra entreverada de aceitunas y hojas. No se sabe si es cómplice o si se hubiese tapado los ojos con las ramas de haber podido evitar ver morir a Federico. Cuando los cascotes se arremolinan en la tierra y han sonado ya todos los disparos, el poeta se agarra a los pies secos del olivo. Pero ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. No se sabe cuántas balas se han hincado en el aire antes de penetrarle, dónde empiezan la herida, la sangre, la rabia, el miedo a morir, el agua podrida de los pozos, el metal helado de todos los cuchillos, la luna como un pez de plata; tal vez aún espera que las balas se deshagan como terrones de azúcar antes de alcanzarle. Yo vuelvo a por mis alas, dejadme volver. Una hilera de uniformes sigue la trayectoria del cuerpo al caer; no se sabe si los tricornios rumian auténtico odio o se trata tan sólo de una danza de órdenes que se obedecen a ciegas, de una serie de giros movidos por una sed anónima de sangre. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. No se sabe si saben a quién matan, si leyeron La Aurora o vieron a la Xirgú coser la libertad a una bandera en algún escenario. No se sabe si en el instante en que se dispararon los fusiles hubo un rastro de mala conciencia peinando la brisa; si alguien lloró o sólo hubo silencio; si los fusilados dejaron su dignidad colgada en las ramas para hacerse un traje con todo el miedo, la saliva y las súplicas que pudieron acumular antes de irse. No se sabe si ellos, los asesinos, llorarían después o celebrarían su miseria con alcohol y con risas. Aquí no hay mañana ni esperanza posible. Pero sí se sabe algo: que todas las palabras escritas al filo de la incomprensión por el poder y sus macabros juegos siguen latiendo, que los versos del poeta se retuercen aún como lombrices en el barro, afónicos de aullar la misma rebeldía durante setenta años y que ésta siga estando cercada por la derrota, atrapada en un amasijo de dólares y bombas, sola, herida, apuntando siempre a lo imposible.