jueves, 19 de febrero de 2009

Un tal Julio

Convertidos a menudo en obstinados perseguidores, en celosos rastreadores, en minuciosos coleccionistas de huellas, los lectores de Cortázar nos reconocemos los unos a los otros como miembros de una especie de sociedad secreta que busca en lo extraliterario ampliar el radio de la ficción, hundirse en la escritura, salvar la distancia entre la vida y la poética del cronopio, jugando a creer que rostro y trazo no son más que la imagen y su doble invertido en un enorme espejo. Convertidos en involuntarios mitómanos, arrastrados por el impulso adolescente que transforma la admiración en idolatría, entre las páginas de nuestras bibliotecas cortazarianas guardamos trazas de la vida de Julio: un puñado de fotos, un mechón de su espesa barba, las cenizas de uno de sus puros, sus erres gatunas, ronroneantes, una bombillita con restos de mate recién cebado, su mirada infantil, su aspecto tímido, su aire de niño perdido, extraviado de una obra de J.M. Barrie; la imagen de una autocaravana con Carol sonriéndonos al fondo, la cinta de cassette en la que nos leyó de viva voz lo que la Maga le escribía a un Rocamadour ya moribundo, una postal del Pont-de-Neuf, restos de tiza para seguir dibujando rayuelas bajo las ventanas de todos los psiquiátricos, un disco imaginario de Charlie Parker con Thelonius Monk, un par de dados para lanzar al aire, una heteróclita colección de piedras y hojas secas, un tratado sobre literatura firmado por Morelli, una gigantesca lista con los cronopios y famas que fuimos conociendo a lo largo de los años y, sobre todo, la más absurda de las esperanzas: la de dialogar con él a través de su obra, la de llegar a él al final de sus juegos. Por más que acostumbremos a separar obra y autor, a guardar la distancia necesaria para emprender con cautela el acto de lectura, algo en Julio nos arrastra a esa necesidad de intimidad, de proximidad, de camaradería casi patológica. No sólo amamos a Cortázar, sino que, a menudo, recelamos de los que dicen quererlo, nos disputamos secretamente a Julio, exigimos pruebas a los que se dicen sus lectores, y queremos creer, siempre, que en el fondo es más nuestro que del otro. Los lectores de Cortázar somos, como diría Vila-Matas, auténticos enfermos de literatura, pobres Quijotes o Montanos que no distinguen ya molinos de gigantes, para los que cada 26 de agosto es una fiesta y cada 12 de febrero se repite el mismo funeral desde hace 25 años. Somos ésos que desde el 2006 especulamos con el contenido del cajón de “Papeles Inesperados” que promete publicar Alfaguara y que esperamos releyendo sus libros en busca de un guiño que rompa la distancia entre realidad y ficción, entre la vida y la muerte, y nos haga saltar de la pecera, perder el "miedo a fortrarnos la nariz contra algo desagradable", vivir, al fin, del otro lado de la costumbre; saludar al gigante barbudo desde el interior de alguno de sus cuentos e invitarle a jugar el juego más absurdo.