domingo, 28 de diciembre de 2008

2008

Él cogió su avión antes de tiempo, y no pude empezar el año con su boca ascendiendo por mis muslos, por mis senos, por mi cuello: un beso por cada campanada hasta llegar a mis labios en el último repique y oír tocar las doce en todos los relojes con su desnudo dibujando espirales bajo mi vientre. Él cogió su avión antes de tiempo, y el año empezó sin nosotros e igual le sonreí, porque compartí abrazos y risas, porque hubo música para curar nostalgias. Volví a Barcelona y tuve horas de furgoneta y carreteras secundarias; sonrisas, mimos, conciertos, noches de ojeras, cuartos de hotel y música, mucha música. Dejé a mis niños en abril, después de dos trimestres en un patio de colegio, inventando historias, llenando mejillas diminutas con mis besos, caminando con sus manitas abrazadas a mis piernas, curando brechas y secando lágrimas incipientes. Tomé un avión tras otro: Costa Rica, Méjico, Madrid, Marruecos, Argelia y vi pasar la primavera entre nubes, subiéndome a escenarios para otear cabezas y resucitar en cada nota, para hacer de cada melodía un aleteo. Volví a él mil veces, después de cada viaje, y encontré su calor, su cuerpo-patria esperándome, sus ojos hundiéndose en mis ojos. Y nos amamos cientos de veces, sin parar, hasta que el olor de nuestros cuerpos se quedó pegado a todos los rincones de todas las casas que habitamos. El verano nos encontró sudando en una cama; hubo amor y desamor, pasos que se quedaron pequeños o demasiado grandes; tomamos impulso al mismo tiempo y volvimos a encontrarnos al cabo de los días, siempre al cabo de los días. Me encerré en un estudio y la inseguridad me arrebató de golpe la magia que había almacenado aquellos meses. Quise huir y lloré de rabia por no ser capaz de ser yo, por volverme otra vez tan diminuta. Pero sacudí las manos y volví a levantarme, saqué pecho y afronté agosto estrenando sonrisa. Llegaron los ensayos, las reestructuraciones de la banda, las primeras respuestas al nuevo disco, la grabación del video-clip, los primeros conciertos. Y todo contigo y toda la gente que alguna vez amé y que reaparece en mi vida cada tanto. Con los viejos amigos que se acercan desde lejos, con los nuevos amigos que comparten ciudad y amor diarios. A ti, a ellos, a todos los cómplices en los que me miré y que me miraron, aunque fuese en la distancia, a través del papel o del teléfono, les debo un año increíble, precioso, uno de los más bellos que he tenido. A un mes de cumplir la treintena, empiezo a entender que la felicidad es esto: calzarte una sonrisa y sentirte cómoda en tu propio vestido; conservar el amor que una vez regalaste y cuidarlo a solas, más allá de los años y el silencio; saber que “a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos”.