miércoles, 18 de junio de 2008

ATMOSPHERE

Bestial! Con esto del taller de rap me estoy reconciliando con el género y rescatando temas que hacía tiempo que no escuchaba... Éste me parece increíble; el video se sale... Atmosphere, grandísimooooooos!!

martes, 17 de junio de 2008

TAN LEJOS

Pongo jazz para amansar a las bestias que crecen bajo mi almohada por la noche. Hace días que quiero llorar y no encuentro el momento, la manera. Sé que tener cerca a mi espejo me ha salvado hasta ahora y que, en este momento, Telémaco estará volviendo a Ítaca, a consolar a Penélope, a decirle que han de tocar su fin tantas esperas, que ha de aprender a no pasar noches en vela destejiendo las madejas que el héroe enmaraña, dejar al fin de cubrirle las espaldas. Y después, habrá de visitar al Ulises desterrado, que llorará en sus hombros, como acostumbra a hacerlo cada vez que siente amenazado el amor que ella hila desde hace treinta años; y sé que ése será uno de los peores tragos y que, esta vez, yo no podré ahorrárselo. Yo, a más de mil kilómetros de casa, sin zapatos rojos ni magos de Oz a quienes acudir para encontrar el camino de vuelta, me moriré de ganas de seguirle, de alcanzarle, de abrazarlos a todos hasta que me falte el aire. No seré bálsamo esta vez, yo, que acostumbré a estar siempre ahí, dispuesta a curar la tristeza de los míos; sólo seré una voz al otro lado del teléfono, alguien que no llega a tiempo para rescatar a nadie, alguien que llora a solas, porque no sabe hacerlo delante de los otros. (Lilith, mil gracias por el amor y por Eva; tenías razón, jamás me habría dado por aludida. Te quiero, sista).

APOCALIPSIS

Las cadenas de montaje se detuvieron una mañana. Las fábricas eran desiertos de acero en completo silencio. Los obreros se mordían las uñas en los bares, esperando nueva orden. Los supermercados se vaciaron una mañana. Las grandes superficies eran estepas de plástico, intransitadas. Los empleados se mordían las uñas delante de las cajas registradoras, esperando nueva orden. Los fogones se apagaron una mañana. Las cocinas de los restaurantes eran montañas de cristal y aluminio, enmudecidas. Los camareros se mordían las uñas detrás de la barra, esperando nueva orden. Los centros comerciales cerraron al público una mañana. Los almacenes de las tiendas eran planicies de algodón y poliéster, desoladas. Los mozos de almacén se mordían las uñas detrás de sus carritos, esperando nueva orden. De golpe, habían dejado de fabricarse, distribuirse y venderse los cientos, miles, millones de productos que hacían girar el engranaje del sistema y éste se resentía, ralentizaba sus movimientos, se descompensaba a cada vuelta de tuerca. Los economistas y los medios hacían sus pronósticos catastrofistas y auguraban, cual Nostradamus asustados, el Apocalipsis. El fin de los tiempos no vendría precedido de ángeles exterminadores, fuegos fatuos y plagas de langostas. Sólo el silencio en las calles, los coches en los garajes, los comercios vacíos, anunciarían el desenlace. Marx despertó de su mejor sueño un siglo después de haber muerto. Encendió la pantalla. Una semana antes, todas las imágenes televisivas destilaban el aroma del fin. La autodestrucción del capitalismo parecía un hecho consumado. Ahora, las estanterías desiertas de los comercios y las gasolineras selladas habían sido sustituidas por viejos conflictos bélicos y catástrofes naturales. Marx se frotó los ojos y maldijo los mensajes confortadores de los mismos medios que la semana anterior alarmaban a las masas con sus vaticinios apocalípticos. Comprendió que no ocurriría nada, recordó que él sólo era un fantasma olvidado de todos, que ya ni siquiera podía aparecerse en las pesadillas de los tecnócratas neoliberales que no sabían ni escribir su nombre. El sistema se tambalearía durante un tiempo, víctima de un ligero temblor, reestructuraría sus piezas y encontraría la manera de salir a flote. El darwinismo haría el resto. En época de recesión económica, morirían los elementos más débiles y mutarían los fuertes, adaptándose a las nuevas circunstancias, asegurándose la supervivencia sin importar el coste. Nada iba a caer ni terminar, por tanto, nada en su lugar podría levantarse ni empezar. Sólo tendríamos una prolongación agónica del mismo sistema enfermo y asfixiante, y al fantasma de Marx vomitando en una esquina.

martes, 10 de junio de 2008

VIDEOPOLÍTICA

Había un ir y venir de destellos, colores, fogonazos de luz pixelizados. Por debajo de esa lluvia de ruido que empañaba la pantalla, se intuían las maniobras económicas, la mugre del poder, la metralla de todas sus mentiras. A la retórica como arma de manipulación política, se le sumaba entonces toda la fuerza desbocada de las imágenes. Se sabía ya que era mucho más eficaz apelar a la parte irracional de los individuos que esforzarse en persuadirles a través de la lógica; la esfera de lo emocional se había revelado mucho más moldeable que la de lo intelectual, plano en el que, tal y como la historia mostraba, una crítica insistente podía resultar devastadora. Lo emocional, sin embargo, era como el humo; se filtraba en cada hueco, horadaba las fisuras y se colaba por las rendijas más profundas de la gente. Podían jugar con la emoción que quisieran y provocarla en un instante. La conciencia de reconocer esa emoción y procesarla, en la mayoría de los casos, ni tan siquiera hacía acto de presencia. El hombre no difería tanto del perro: también segregaba saliva ante el estímulo adecuado. Por eso los políticos ya no contrataban a oradores; bastaba con un par de telepredicadores bien adiestrados. Abundaban los prestidigitadores y los ventrílocuos. Un buen truco bastaba para acceder directamente a las entrañas del individuo; se penetraba en él con algo apenas perceptible y, por tanto, no había posibilidad de que se resistiera. Uno no se puede purgar de lo que se filtra en sus pulmones cada instante, de lo que está en el aire que respira; el humo nunca se vomita del todo. El continuo fluir de mensajes inconscientes iba dejando un poso cada vez más espeso, adhiriéndose a las paredes del cráneo, confundiéndose entre la masa gris, hasta que el individuo se descubría pensando como ellos querían que pensara. Ésa era la trampa. Las conclusiones a las que la gente tenía que llegar se inyectaban directamente en el cerebro: así se suprimía el engorroso trabajo de la dialéctica, no hacía falta argumentar. La omnipresencia de la televisión bastaba. En ella se rehacía la memoria, se cambiaba el pasado, se inventaba la realidad. La mesa de montaje era el quirófano en el que al tiempo se le extirpaban órganos y se le amputaban miembros cada día. Sólo había que cortar la frase exacta, jugar bien la baza del sonido. Una melodía apocalíptica, un golpe de efecto final y, de fondo, la sensación de caos: planos cortos sucediéndose vertiginosamente. Creo que corría el año 1984, pero puede que eso también fuese mentira.

domingo, 8 de junio de 2008

viernes, 6 de junio de 2008

A MENUDO

A menudo, ella pensaba en la salida al laberinto. Si aguzaba la vista, podía incluso verla al final de todos los recodos. Saber que estaba allí solía consolarla. Sin embargo, seguía entretenida en explorar pasajes que no conducían más que a nuevas encrucijadas, sólo por la curiosidad de ver qué había detrás de tanta falsa puerta, por saber si allí podría respirarse algo más que silencio. A menudo, soñaba con construir un refugio con todos los recuerdos que le quedaban, para no perderse nunca de sí misma, para tener, allá adonde fuese, un lugar en el que sentirse a salvo. A menudo, sacaba un puñado de caramelos del bolsillo y los miraba largo rato antes de comérselos, sólo por el placer de imaginar qué sentiría cuando se deshicieran en su boca. A menudo, odiaba los días en que nadie le daba una respuesta y el eco de sus propias preguntas llegaba a desquiciarla. A menudo, reía con casi cualquier cosa y escalaba por los rostros de sus hermanos, abrazándose fuerte a cada carcajada para curarse el vértigo. A menudo había guiños que llegaban a alguien, vasos comunicantes, pasadizos secretos de isla a isla, otros ojos a través de los que mirar el mundo con un aspecto nuevo. A menudo, había música sonando en su cabeza, melodías deslizándose por debajo de su piel, vibrando en cada hueco, amplificando sus ganas de cantar hasta romperse. A menudo había un poso de tristeza en la mirada, aunque no supiese a ciencia cierta por qué se había instalado entre sus ojos ni qué lo despertaba de repente. A menudo había nostalgia detrás de cada risa y miedo a no regresar nunca al lugar donde se ensancha el horizonte y todo vuelve a ser posible. A menudo había confusión, un gusto amargo que recordaba que seguían quedando tantos agujeros que jamás sería posible despistar al vacío, que estaba lejos y cerca al mismo tiempo, que ya nunca pertenecería del todo a ningún sitio.

jueves, 5 de junio de 2008

MARTA

Hoy quiero colgar esta canción, aunque todavía no pueda enseñaros la versión definitiva, para la que mi bajista favorito, Manolo (al que adoro), me ha regalado unas pistas de contrabajo y violoncello que me encantan. Prometo colgar la mezcla definitiva en breve. Me gusta cantar sobre una guitarra y espero (estoy en ello) poder hacerlo sola en unos meses. Ésta es la historia de una mujer increíble a la que hirieron y que supo siempre seguir sonriendo. Me gusta Marta, es alguien que llena mi vida de alegría y de amor, de inteligencia, de humildad, de ternura, de risas, una de esas personas (las hermanas Moya son así) que iluminan a la gente que las rodea, que siempre hacen que las cosas sean fáciles, que las puertas se abran, que los abrazos se alarguen, que la vida parezca bonita... Y, sí, ningún gigante nos ha vencido aún, ni lo hará, porque sabemos hacia dónde queremos caminar, porque buscamos sendas claras, luminosas, anchas, porque nos gusta la belleza y, sobre todo, cuidarnos y querernos bien, como buenas hermanas.

domingo, 1 de junio de 2008

TEXTO RESCATADO

Siempre discretamente felices, con nuestros dramas discretos de pequeño burgueses del S.XXI, de librepensadores de la izquierda que vela porque nada cambie, mientras se cuenta el cuento de vivir en pro de ideas fusiladas hace tanto. Siempre discretamente vivos. Andando de puntillas sobre el agua, para no hacer ruido, fingiendo que es por miedo a molestar y no por miedo a secas. Siempre escribiendo a medias, atendiendo a ratos a las voces que vienen de dentro para ensordecerlas siempre cuando empiezan a opinar más de la cuenta, para correr a los brazos de alguien y besarle y ver de reojo como mi sombra ahoga con la almohada al embrión deforme que di a luz ayer, mientras dormía. El feto nació otra vez con los ojos en blanco. Ya en mi vientre dejó de respirar. Y es que no sale nada vivo de mi teclear. Nunca supe engendrar vida a partir del silencio. Soy como la mujer-mojama que se seca en medio de ninguna parte, como un personaje de Coetzee, como el agujero vacío donde ni siquiera intenta entrar el aire. Estéril. Estéril ya, antes siquiera de haberlo intentado. Dialogando a escasos metros del abismo. Qué pessoano eso del diálogo entre voces, qué bajtiniano, incluso; qué manida la imagen romántica del abismo; cuán inteligente sería advertir la presencia de pronto de los otros aquí dentro. Y decir que suenan voces que se están contradiciendo y que no sé a cuál atender; que la herida de lo múltiple me atraviesa en mil sin darme tregua. Qué bello hablar de un manoteo en la oscuridad y de pequeñas, diminutas luces parpadeantes que se escapan de entre los dedos justo cuando creo que voy a agarrarlas. Pero lo cierto es que éste no es lugar para que aniden las luciérnagas y que no tengo nada que decir, sencillamente porque nadie habla aquí dentro. Silencio nada más. No me es dado ni el gozo del soliloquio al que me gustaba entregar mis horas muertas. Hace rato que me aburre hablarme a mí misma, que cargo con la sospecha de habérmelo explicado ya todo demasiado. No es el ruido de mil voces murmurando y la labor de desentrañarlas una a una e intentar la réplica perfecta, la síntesis al modo hegeliano. Es el silencio. La náusea (la real, no la existencialista, no la sartreana). La incomodidad. El dolor de cabeza. El teclear seco, inerte, de mis dedos. ¿Hasta cuándo buscar formas para decir que no se tiene nada en la cabeza excepto paja? ¿Hasta cuando dar carrete a esto, como si aún extrajera de ello algún tipo de placer? Entre tanta frase hecha, ¿para cuándo un hallazgo, una imagen, algo de poesía?