miércoles, 21 de mayo de 2008

Una isla

Hay una hora en que saberse una isla asusta. De nada sirve garabatear con los dedos mensajes de socorro sobre la arena, lanzar botellas al agua, vivir esperando que nos salven. Nadie llegará. Nadie cruzará el océano para traerte de vuelta a la vida de los otros. Hoy eres una isla. Quién sabe qué puedas ser mañana. Hoy, ni los peces ni las barcas vendrán a alcanzar tu costa. No intentes ver señales de humo al otro lado. No las hay. Ni siquiera es seguro que al otro lado aguarde vida. Sólo hay mar, un mar inmenso del que nadie nunca ha escapado. Como Virginia Woolf, piensas en hundirte despacio, hasta que los cabellos floten como algas y las burbujas de tu boca se acaben extinguiendo. Piensas en hundirte, como Virginia Woolf, aun sabiendo que no te atreverás a tanto. Que eres cobarde. Que amas la vida demasiado o, tal vez, que te aterra la muerte, y nada más. Hoy eres una isla. Y la marea te muerde los pies cuando anochece. Ya empiezan a escucharse los ruidos de las bestias. Cada vez más cerca, chillando como ratas. Salen de sus prisiones tus fantasmas. Piensan que de tanto visitarte les perderás el miedo. Pero nunca sucede así. Sigue habiendo una hora en la que cruza tu cuerpo un escalofrío viejo, familiar, y la soledad empieza a desquiciarte. Sigue habiendo una hora en la que saberse una isla, irremediablemente, asusta.

martes, 20 de mayo de 2008

NO HAY NADIE PARA VERLO

En Harlem, se ha disparado una boca de riego. No hay nadie para verlo. Una farola ilumina la escena desde el margen izquierdo de la calle. El cielo escupe humo y los niños despiertan a sus héroes y a sus fantasmas en mitad de un sueño espeso que no interrumpe nadie. Las hileras de casas se pierden a lo lejos. El agua estalla, vuela unos metros y se desparrama en varias cataratas hasta alcanzar el suelo; salpica el asfalto, avanza por la carretera y se desliza cuesta abajo hasta colarse por las rendijas del alcantarillado. No hay nadie para verlo. Sólo los cristales desvencijados de la cabina telefónica, las persianas corridas de la tienda de comestibles del viejo Smith, las escaleras en las que, durante la tarde, los chicos liaron sus cigarrillos de marihuana y vieron pasar a las muchachas. No hay nadie para verlo, ni un testigo humano del viaje del agua, de la insignificante Odisea que ha comenzado en Harlem al dispararse una boca de riego. Pero al agua apenas le importa todo esto: avanza, se arrastra, repta por las baldosas, rueda con desesperación hasta alcanzar las cloacas. El agua se abre paso entre la mierda y la basura que la ciudad esconde bajo tierra para llegar a Ítaca. En su búsqueda no hay dioses, cantos de sirena ni gigantes, sólo el hedor que precede el encuentro con el mar, la náusea que anuncia el final del viaje.

CHEEK TO CHEEK

Dos cuerpos. No importa de quién sean. Se enredan, se buscan, todavía tienen que buscarse, palpar los recodos, ensayar ensamblajes hasta encajar del todo. Dos cuerpos que no se reconocen aún, que se tantean a ciegas, con las palmas de las manos abiertas de par en par, rodando por cada esquina de piel. El resbalar de unos dedos sobre la espalda. El olor a sexo. Las palabras, todas las palabras que se dicen al borde de un oído. Amanece. La humedad sigue demorando el silencio. Un abrazo lento, espeso, lucha contra el tiempo. Hay un pozo sin fondo por el que dos cuerpos se deslizan, ceden, se dejan caer. Y, entonces, el prodigio del encuentro. Un instante sin huecos, sin fisuras. De fondo, un estandart de Jazz habla del cielo.

lunes, 19 de mayo de 2008

ÍTACA

I- Yo: Ulises, Alicia,
cualquiera que esté buscando algo.
Todos los quizás, entreverados,
se ciñen a mi cuello.
Ítaca es la asfixia. Dejar de respirar.
El último rechazo sangra en una esquina.
Sólo recuerdo
un beso de metal en las muñecas,
la sangre cayendo a borbotones
y, al fin, el perfil de mi patria,
a lo lejos, abrazándome.