domingo, 28 de diciembre de 2008

2008

Él cogió su avión antes de tiempo, y no pude empezar el año con su boca ascendiendo por mis muslos, por mis senos, por mi cuello: un beso por cada campanada hasta llegar a mis labios en el último repique y oír tocar las doce en todos los relojes con su desnudo dibujando espirales bajo mi vientre. Él cogió su avión antes de tiempo, y el año empezó sin nosotros e igual le sonreí, porque compartí abrazos y risas, porque hubo música para curar nostalgias. Volví a Barcelona y tuve horas de furgoneta y carreteras secundarias; sonrisas, mimos, conciertos, noches de ojeras, cuartos de hotel y música, mucha música. Dejé a mis niños en abril, después de dos trimestres en un patio de colegio, inventando historias, llenando mejillas diminutas con mis besos, caminando con sus manitas abrazadas a mis piernas, curando brechas y secando lágrimas incipientes. Tomé un avión tras otro: Costa Rica, Méjico, Madrid, Marruecos, Argelia y vi pasar la primavera entre nubes, subiéndome a escenarios para otear cabezas y resucitar en cada nota, para hacer de cada melodía un aleteo. Volví a él mil veces, después de cada viaje, y encontré su calor, su cuerpo-patria esperándome, sus ojos hundiéndose en mis ojos. Y nos amamos cientos de veces, sin parar, hasta que el olor de nuestros cuerpos se quedó pegado a todos los rincones de todas las casas que habitamos. El verano nos encontró sudando en una cama; hubo amor y desamor, pasos que se quedaron pequeños o demasiado grandes; tomamos impulso al mismo tiempo y volvimos a encontrarnos al cabo de los días, siempre al cabo de los días. Me encerré en un estudio y la inseguridad me arrebató de golpe la magia que había almacenado aquellos meses. Quise huir y lloré de rabia por no ser capaz de ser yo, por volverme otra vez tan diminuta. Pero sacudí las manos y volví a levantarme, saqué pecho y afronté agosto estrenando sonrisa. Llegaron los ensayos, las reestructuraciones de la banda, las primeras respuestas al nuevo disco, la grabación del video-clip, los primeros conciertos. Y todo contigo y toda la gente que alguna vez amé y que reaparece en mi vida cada tanto. Con los viejos amigos que se acercan desde lejos, con los nuevos amigos que comparten ciudad y amor diarios. A ti, a ellos, a todos los cómplices en los que me miré y que me miraron, aunque fuese en la distancia, a través del papel o del teléfono, les debo un año increíble, precioso, uno de los más bellos que he tenido. A un mes de cumplir la treintena, empiezo a entender que la felicidad es esto: calzarte una sonrisa y sentirte cómoda en tu propio vestido; conservar el amor que una vez regalaste y cuidarlo a solas, más allá de los años y el silencio; saber que “a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos”.

viernes, 31 de octubre de 2008

Días de viento y lluvia

Días de viento y lluvia, de sofá y manta; miedo a salir a la calle después de la maratón de ensayos de las últimas semanas y el cansancio acumulándose debajo de los ojos. Terror a enfermar antes del sábado. Compruebo la resistencia de mis cuerdas vocales a cada rato; fuera la gente tose y yo sólo urdo estrategias para escapar a sus virus. Por suerte, hoy tampoco he de ir a ningún sitio que no sea esta casa en mitad del oleaje, esta isla en mitad de tu abrazo. Tengo la mejor calefacción: la de tu cuerpo cosido a mi desnudo. Mañana comienza la gira de presentación del nuevo disco. Esperemos que la agenda se nos llene de fechas en rojo y que alguna nos acerque al sur.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Tumbados en el diván, los próceres salvaguardias del capitalismo hurgaban en sus fantasmas agitando las manos en el aire. Sus respectivos psicoanalistas miraban de soslayo sus relojes de pulsera y bostezaban disimuladamente. Las crisis de ansiedad se habían disparado en los últimos meses; los antidepresivos apenas calmaban el insomnio y, en las intervenciones televisivas, las ojeras revelaban los desvelos de los presidentes a pesar de la doble capa de maquillaje y la tensa sonrisa que los asesores de imagen se empeñaban en recomendarles. Tan mal estaba la cosa que, algunos, a la desesperada, se habían lanzado a leer El Capital y aceptaban ahora la nacionalización, eso sí, tan sólo de los bancos, en una especie de descabellada versión del socialismo para ricos que habría provocado urticaria al mismísimo Marx. Una palabra les abordaba a altas horas de la madrugada, haciéndoles saltar de la cama entre sudores fríos; “¡Crisis!”, gritaban, mientras sus esposas alargaban la mano buscando a tientas los botes de somníferos. Eran días de reuniones y acaloradas discusiones sobre cómo frenar el hundimiento del sistema que tanto les había costado imponer en todo el mundo. Justo ahora que se libraban de los postreros estados comunistas, justo ahora que empezaban a transformarse las economías de los últimos bastiones socialistas y que casi todos los Estados cedían al neoliberalismo tras décadas untando grasa en los goznes de sus puertas, estallaba la maldita crisis. Mientras algunos economistas lamentaban haber forzado la máquina de aquella manera, los mandatarios de los estados más ricos, que se habían creído a pies juntillas la infalibilidad del capitalismo, se colapsaban sin saber qué hacer. La sabiduría popular se dejaba oír en los bares de todas las ciudades: “La avaricia rompe el saco”, repetían obreros y albañiles frente a sus platos de cocido, mientras se perdían en ellos mojando migas de pan, como versiones postmodernas del célebre personaje de Proust, repasando cuentas que no cuadraban y ensayando mentalmente argucias llegar a fin de mes. Los camareros, agobiados, bajaban el volumen de los informativos. Crecía el rumor de los comensales y, en los labios del presentador, nadie leía la breve noticia: 290 millones de personas en el umbral de la pobreza entrarían a engrosar la lista junto a los ya 923 millones de personas hambrientas en el planeta. Sólo un 0´7 por ciento del dinero que EEUU y Europa habían decidido inyectar en los bancos para salvar sus economías del bienestar habrían bastado para erradicar el hambre en el mundo, para que nadie tuviese una muerte precedida del rugir sus tripas vacías.

NOVEDADES

Como tengo el blog bastante abandonao, colgaré el último video de NOUR. Me gusta todo lo que hace Cuco (el director de nuestros dos videos) y recomiendo que conozcáis su trabajo, porque merece la pena. Ahhhh, presentamos nuestro segundo disco el día 1 en la fira de Manresa y el 19 en la sala Apolo de Barcelona. A ver si retomo la cosa cuando esté más tranqui y vuelvo a escribir. Besos a mis niñas madrileñas, que sé que me leen y a todo el que se asome a mi rincón.

martes, 19 de agosto de 2008

RESURGIENDO

Huí de la ciudad deseando ser otra, odiándome por cada titubeo, por beber siempre de la botella equivocada y encoger hasta volverme diminuta cada vez que la reina de corazones se volvía hacia mí con el gesto siciliano de pasear el dedo índice por el filo de la garganta. Odiándome por enmudecer, por ahogar mi voz, por hacer de mi sonido un pozo negro. Huí de la ciudad anhelando ser una amazona, una coleccionista de cabezas, una cazadora de pigmeos de la que todas las bestias huyeran con los ojos ensangrentados por el miedo. Huí matando al ruiseñor que podía haber nacido de mi abdomen y no supo cómo hacerlo. Huí envidiando todas las voces hermosas de esta tierra, flagelándome por no ser nunca lo bastante buena como para gustarme a mí misma. Huí de la ciudad desterrada de todos los espejos, sin ni siquiera atreverme a mirar de soslayo mi figura. Recogí los pedazos, mi estómago deshecho por los golpes, mi miedo a dar un paso sin permiso, y aún me despedí del monstruo de seis cabezas intentando sonreírle. He vuelto. He vuelto con un vestido nuevo. He vuelto sintiéndome bonita. Sólo soy la sombra de lo que puedo llegar a ser. Y ahora lo sé. Me he vuelto imparable. Voy a verme crecer ante mis ojos, a buscar la melodía que me haga enamorarme de mi propia voz, a salir de ésta, como salí de todas antes, más fuerte y más segura de que poseo algo que puede llevarme a donde quiera: la honestidad de ser quien soy y de amar incluso mis fisuras.

lunes, 28 de julio de 2008

MICROPHONE EN ON

Aquí andamos, grabando el segundo disco de los NOUR. Con ganas de acabar y volver a casa, a las aguas revueltas del hogar, que espero se apacigüen un poco y me den alguna que otra tregua. A la vuelta, proyectos: colgar al fin los tres temas de rap que tengo aparcados desde hace tiempo, un par de canciones guitarra-voz y, tal vez, retomar este blog para mis dos únicas lectoras asiduas, las hermanas Moya, mi familia catalana más próxima. Bonas vacances per tothom, ens llegim aviat...Ahhh, para quien ande escaso de música que escuchar, el Ehmailer nos regala un tema nuevo y la Motta selecta una mixtape de clásicos. Todo en el space de Rebelmadiaq. 
One love! 

miércoles, 18 de junio de 2008

ATMOSPHERE

Bestial! Con esto del taller de rap me estoy reconciliando con el género y rescatando temas que hacía tiempo que no escuchaba... Éste me parece increíble; el video se sale... Atmosphere, grandísimooooooos!!

martes, 17 de junio de 2008

TAN LEJOS

Pongo jazz para amansar a las bestias que crecen bajo mi almohada por la noche. Hace días que quiero llorar y no encuentro el momento, la manera. Sé que tener cerca a mi espejo me ha salvado hasta ahora y que, en este momento, Telémaco estará volviendo a Ítaca, a consolar a Penélope, a decirle que han de tocar su fin tantas esperas, que ha de aprender a no pasar noches en vela destejiendo las madejas que el héroe enmaraña, dejar al fin de cubrirle las espaldas. Y después, habrá de visitar al Ulises desterrado, que llorará en sus hombros, como acostumbra a hacerlo cada vez que siente amenazado el amor que ella hila desde hace treinta años; y sé que ése será uno de los peores tragos y que, esta vez, yo no podré ahorrárselo. Yo, a más de mil kilómetros de casa, sin zapatos rojos ni magos de Oz a quienes acudir para encontrar el camino de vuelta, me moriré de ganas de seguirle, de alcanzarle, de abrazarlos a todos hasta que me falte el aire. No seré bálsamo esta vez, yo, que acostumbré a estar siempre ahí, dispuesta a curar la tristeza de los míos; sólo seré una voz al otro lado del teléfono, alguien que no llega a tiempo para rescatar a nadie, alguien que llora a solas, porque no sabe hacerlo delante de los otros. (Lilith, mil gracias por el amor y por Eva; tenías razón, jamás me habría dado por aludida. Te quiero, sista).

APOCALIPSIS

Las cadenas de montaje se detuvieron una mañana. Las fábricas eran desiertos de acero en completo silencio. Los obreros se mordían las uñas en los bares, esperando nueva orden. Los supermercados se vaciaron una mañana. Las grandes superficies eran estepas de plástico, intransitadas. Los empleados se mordían las uñas delante de las cajas registradoras, esperando nueva orden. Los fogones se apagaron una mañana. Las cocinas de los restaurantes eran montañas de cristal y aluminio, enmudecidas. Los camareros se mordían las uñas detrás de la barra, esperando nueva orden. Los centros comerciales cerraron al público una mañana. Los almacenes de las tiendas eran planicies de algodón y poliéster, desoladas. Los mozos de almacén se mordían las uñas detrás de sus carritos, esperando nueva orden. De golpe, habían dejado de fabricarse, distribuirse y venderse los cientos, miles, millones de productos que hacían girar el engranaje del sistema y éste se resentía, ralentizaba sus movimientos, se descompensaba a cada vuelta de tuerca. Los economistas y los medios hacían sus pronósticos catastrofistas y auguraban, cual Nostradamus asustados, el Apocalipsis. El fin de los tiempos no vendría precedido de ángeles exterminadores, fuegos fatuos y plagas de langostas. Sólo el silencio en las calles, los coches en los garajes, los comercios vacíos, anunciarían el desenlace. Marx despertó de su mejor sueño un siglo después de haber muerto. Encendió la pantalla. Una semana antes, todas las imágenes televisivas destilaban el aroma del fin. La autodestrucción del capitalismo parecía un hecho consumado. Ahora, las estanterías desiertas de los comercios y las gasolineras selladas habían sido sustituidas por viejos conflictos bélicos y catástrofes naturales. Marx se frotó los ojos y maldijo los mensajes confortadores de los mismos medios que la semana anterior alarmaban a las masas con sus vaticinios apocalípticos. Comprendió que no ocurriría nada, recordó que él sólo era un fantasma olvidado de todos, que ya ni siquiera podía aparecerse en las pesadillas de los tecnócratas neoliberales que no sabían ni escribir su nombre. El sistema se tambalearía durante un tiempo, víctima de un ligero temblor, reestructuraría sus piezas y encontraría la manera de salir a flote. El darwinismo haría el resto. En época de recesión económica, morirían los elementos más débiles y mutarían los fuertes, adaptándose a las nuevas circunstancias, asegurándose la supervivencia sin importar el coste. Nada iba a caer ni terminar, por tanto, nada en su lugar podría levantarse ni empezar. Sólo tendríamos una prolongación agónica del mismo sistema enfermo y asfixiante, y al fantasma de Marx vomitando en una esquina.

martes, 10 de junio de 2008

VIDEOPOLÍTICA

Había un ir y venir de destellos, colores, fogonazos de luz pixelizados. Por debajo de esa lluvia de ruido que empañaba la pantalla, se intuían las maniobras económicas, la mugre del poder, la metralla de todas sus mentiras. A la retórica como arma de manipulación política, se le sumaba entonces toda la fuerza desbocada de las imágenes. Se sabía ya que era mucho más eficaz apelar a la parte irracional de los individuos que esforzarse en persuadirles a través de la lógica; la esfera de lo emocional se había revelado mucho más moldeable que la de lo intelectual, plano en el que, tal y como la historia mostraba, una crítica insistente podía resultar devastadora. Lo emocional, sin embargo, era como el humo; se filtraba en cada hueco, horadaba las fisuras y se colaba por las rendijas más profundas de la gente. Podían jugar con la emoción que quisieran y provocarla en un instante. La conciencia de reconocer esa emoción y procesarla, en la mayoría de los casos, ni tan siquiera hacía acto de presencia. El hombre no difería tanto del perro: también segregaba saliva ante el estímulo adecuado. Por eso los políticos ya no contrataban a oradores; bastaba con un par de telepredicadores bien adiestrados. Abundaban los prestidigitadores y los ventrílocuos. Un buen truco bastaba para acceder directamente a las entrañas del individuo; se penetraba en él con algo apenas perceptible y, por tanto, no había posibilidad de que se resistiera. Uno no se puede purgar de lo que se filtra en sus pulmones cada instante, de lo que está en el aire que respira; el humo nunca se vomita del todo. El continuo fluir de mensajes inconscientes iba dejando un poso cada vez más espeso, adhiriéndose a las paredes del cráneo, confundiéndose entre la masa gris, hasta que el individuo se descubría pensando como ellos querían que pensara. Ésa era la trampa. Las conclusiones a las que la gente tenía que llegar se inyectaban directamente en el cerebro: así se suprimía el engorroso trabajo de la dialéctica, no hacía falta argumentar. La omnipresencia de la televisión bastaba. En ella se rehacía la memoria, se cambiaba el pasado, se inventaba la realidad. La mesa de montaje era el quirófano en el que al tiempo se le extirpaban órganos y se le amputaban miembros cada día. Sólo había que cortar la frase exacta, jugar bien la baza del sonido. Una melodía apocalíptica, un golpe de efecto final y, de fondo, la sensación de caos: planos cortos sucediéndose vertiginosamente. Creo que corría el año 1984, pero puede que eso también fuese mentira.

domingo, 8 de junio de 2008

viernes, 6 de junio de 2008

A MENUDO

A menudo, ella pensaba en la salida al laberinto. Si aguzaba la vista, podía incluso verla al final de todos los recodos. Saber que estaba allí solía consolarla. Sin embargo, seguía entretenida en explorar pasajes que no conducían más que a nuevas encrucijadas, sólo por la curiosidad de ver qué había detrás de tanta falsa puerta, por saber si allí podría respirarse algo más que silencio. A menudo, soñaba con construir un refugio con todos los recuerdos que le quedaban, para no perderse nunca de sí misma, para tener, allá adonde fuese, un lugar en el que sentirse a salvo. A menudo, sacaba un puñado de caramelos del bolsillo y los miraba largo rato antes de comérselos, sólo por el placer de imaginar qué sentiría cuando se deshicieran en su boca. A menudo, odiaba los días en que nadie le daba una respuesta y el eco de sus propias preguntas llegaba a desquiciarla. A menudo, reía con casi cualquier cosa y escalaba por los rostros de sus hermanos, abrazándose fuerte a cada carcajada para curarse el vértigo. A menudo había guiños que llegaban a alguien, vasos comunicantes, pasadizos secretos de isla a isla, otros ojos a través de los que mirar el mundo con un aspecto nuevo. A menudo, había música sonando en su cabeza, melodías deslizándose por debajo de su piel, vibrando en cada hueco, amplificando sus ganas de cantar hasta romperse. A menudo había un poso de tristeza en la mirada, aunque no supiese a ciencia cierta por qué se había instalado entre sus ojos ni qué lo despertaba de repente. A menudo había nostalgia detrás de cada risa y miedo a no regresar nunca al lugar donde se ensancha el horizonte y todo vuelve a ser posible. A menudo había confusión, un gusto amargo que recordaba que seguían quedando tantos agujeros que jamás sería posible despistar al vacío, que estaba lejos y cerca al mismo tiempo, que ya nunca pertenecería del todo a ningún sitio.

jueves, 5 de junio de 2008

MARTA

Hoy quiero colgar esta canción, aunque todavía no pueda enseñaros la versión definitiva, para la que mi bajista favorito, Manolo (al que adoro), me ha regalado unas pistas de contrabajo y violoncello que me encantan. Prometo colgar la mezcla definitiva en breve. Me gusta cantar sobre una guitarra y espero (estoy en ello) poder hacerlo sola en unos meses. Ésta es la historia de una mujer increíble a la que hirieron y que supo siempre seguir sonriendo. Me gusta Marta, es alguien que llena mi vida de alegría y de amor, de inteligencia, de humildad, de ternura, de risas, una de esas personas (las hermanas Moya son así) que iluminan a la gente que las rodea, que siempre hacen que las cosas sean fáciles, que las puertas se abran, que los abrazos se alarguen, que la vida parezca bonita... Y, sí, ningún gigante nos ha vencido aún, ni lo hará, porque sabemos hacia dónde queremos caminar, porque buscamos sendas claras, luminosas, anchas, porque nos gusta la belleza y, sobre todo, cuidarnos y querernos bien, como buenas hermanas.

domingo, 1 de junio de 2008

TEXTO RESCATADO

Siempre discretamente felices, con nuestros dramas discretos de pequeño burgueses del S.XXI, de librepensadores de la izquierda que vela porque nada cambie, mientras se cuenta el cuento de vivir en pro de ideas fusiladas hace tanto. Siempre discretamente vivos. Andando de puntillas sobre el agua, para no hacer ruido, fingiendo que es por miedo a molestar y no por miedo a secas. Siempre escribiendo a medias, atendiendo a ratos a las voces que vienen de dentro para ensordecerlas siempre cuando empiezan a opinar más de la cuenta, para correr a los brazos de alguien y besarle y ver de reojo como mi sombra ahoga con la almohada al embrión deforme que di a luz ayer, mientras dormía. El feto nació otra vez con los ojos en blanco. Ya en mi vientre dejó de respirar. Y es que no sale nada vivo de mi teclear. Nunca supe engendrar vida a partir del silencio. Soy como la mujer-mojama que se seca en medio de ninguna parte, como un personaje de Coetzee, como el agujero vacío donde ni siquiera intenta entrar el aire. Estéril. Estéril ya, antes siquiera de haberlo intentado. Dialogando a escasos metros del abismo. Qué pessoano eso del diálogo entre voces, qué bajtiniano, incluso; qué manida la imagen romántica del abismo; cuán inteligente sería advertir la presencia de pronto de los otros aquí dentro. Y decir que suenan voces que se están contradiciendo y que no sé a cuál atender; que la herida de lo múltiple me atraviesa en mil sin darme tregua. Qué bello hablar de un manoteo en la oscuridad y de pequeñas, diminutas luces parpadeantes que se escapan de entre los dedos justo cuando creo que voy a agarrarlas. Pero lo cierto es que éste no es lugar para que aniden las luciérnagas y que no tengo nada que decir, sencillamente porque nadie habla aquí dentro. Silencio nada más. No me es dado ni el gozo del soliloquio al que me gustaba entregar mis horas muertas. Hace rato que me aburre hablarme a mí misma, que cargo con la sospecha de habérmelo explicado ya todo demasiado. No es el ruido de mil voces murmurando y la labor de desentrañarlas una a una e intentar la réplica perfecta, la síntesis al modo hegeliano. Es el silencio. La náusea (la real, no la existencialista, no la sartreana). La incomodidad. El dolor de cabeza. El teclear seco, inerte, de mis dedos. ¿Hasta cuándo buscar formas para decir que no se tiene nada en la cabeza excepto paja? ¿Hasta cuando dar carrete a esto, como si aún extrajera de ello algún tipo de placer? Entre tanta frase hecha, ¿para cuándo un hallazgo, una imagen, algo de poesía?

miércoles, 21 de mayo de 2008

Una isla

Hay una hora en que saberse una isla asusta. De nada sirve garabatear con los dedos mensajes de socorro sobre la arena, lanzar botellas al agua, vivir esperando que nos salven. Nadie llegará. Nadie cruzará el océano para traerte de vuelta a la vida de los otros. Hoy eres una isla. Quién sabe qué puedas ser mañana. Hoy, ni los peces ni las barcas vendrán a alcanzar tu costa. No intentes ver señales de humo al otro lado. No las hay. Ni siquiera es seguro que al otro lado aguarde vida. Sólo hay mar, un mar inmenso del que nadie nunca ha escapado. Como Virginia Woolf, piensas en hundirte despacio, hasta que los cabellos floten como algas y las burbujas de tu boca se acaben extinguiendo. Piensas en hundirte, como Virginia Woolf, aun sabiendo que no te atreverás a tanto. Que eres cobarde. Que amas la vida demasiado o, tal vez, que te aterra la muerte, y nada más. Hoy eres una isla. Y la marea te muerde los pies cuando anochece. Ya empiezan a escucharse los ruidos de las bestias. Cada vez más cerca, chillando como ratas. Salen de sus prisiones tus fantasmas. Piensan que de tanto visitarte les perderás el miedo. Pero nunca sucede así. Sigue habiendo una hora en la que cruza tu cuerpo un escalofrío viejo, familiar, y la soledad empieza a desquiciarte. Sigue habiendo una hora en la que saberse una isla, irremediablemente, asusta.

martes, 20 de mayo de 2008

NO HAY NADIE PARA VERLO

En Harlem, se ha disparado una boca de riego. No hay nadie para verlo. Una farola ilumina la escena desde el margen izquierdo de la calle. El cielo escupe humo y los niños despiertan a sus héroes y a sus fantasmas en mitad de un sueño espeso que no interrumpe nadie. Las hileras de casas se pierden a lo lejos. El agua estalla, vuela unos metros y se desparrama en varias cataratas hasta alcanzar el suelo; salpica el asfalto, avanza por la carretera y se desliza cuesta abajo hasta colarse por las rendijas del alcantarillado. No hay nadie para verlo. Sólo los cristales desvencijados de la cabina telefónica, las persianas corridas de la tienda de comestibles del viejo Smith, las escaleras en las que, durante la tarde, los chicos liaron sus cigarrillos de marihuana y vieron pasar a las muchachas. No hay nadie para verlo, ni un testigo humano del viaje del agua, de la insignificante Odisea que ha comenzado en Harlem al dispararse una boca de riego. Pero al agua apenas le importa todo esto: avanza, se arrastra, repta por las baldosas, rueda con desesperación hasta alcanzar las cloacas. El agua se abre paso entre la mierda y la basura que la ciudad esconde bajo tierra para llegar a Ítaca. En su búsqueda no hay dioses, cantos de sirena ni gigantes, sólo el hedor que precede el encuentro con el mar, la náusea que anuncia el final del viaje.

CHEEK TO CHEEK

Dos cuerpos. No importa de quién sean. Se enredan, se buscan, todavía tienen que buscarse, palpar los recodos, ensayar ensamblajes hasta encajar del todo. Dos cuerpos que no se reconocen aún, que se tantean a ciegas, con las palmas de las manos abiertas de par en par, rodando por cada esquina de piel. El resbalar de unos dedos sobre la espalda. El olor a sexo. Las palabras, todas las palabras que se dicen al borde de un oído. Amanece. La humedad sigue demorando el silencio. Un abrazo lento, espeso, lucha contra el tiempo. Hay un pozo sin fondo por el que dos cuerpos se deslizan, ceden, se dejan caer. Y, entonces, el prodigio del encuentro. Un instante sin huecos, sin fisuras. De fondo, un estandart de Jazz habla del cielo.

lunes, 19 de mayo de 2008

ÍTACA

I- Yo: Ulises, Alicia,
cualquiera que esté buscando algo.
Todos los quizás, entreverados,
se ciñen a mi cuello.
Ítaca es la asfixia. Dejar de respirar.
El último rechazo sangra en una esquina.
Sólo recuerdo
un beso de metal en las muñecas,
la sangre cayendo a borbotones
y, al fin, el perfil de mi patria,
a lo lejos, abrazándome.