domingo, 12 de marzo de 2017

SÓLO EL ASCO Y LA RABIA



Siendo apenas una niña de 10 o 13 años ya sabías lo que era ser acosada por hombres que te doblaban, te triplicaban, te cuadruplicaban la edad. Hombres desconocidos que no pidieron jamás tu aprobación ni tu permiso. Hombres solos o en pandilla que no te preguntaron si querías saber lo que pensaban, si acaso te importaba. Hombres que se dirigieron a ti con el firme propósito de intimidarte, de poner su poder sobre la mesa, de dejarte bien claro que tu cuerpo no era ni mucho menos tuyo, que habías sido desde siempre de todos los hombres de este mundo, que existías sólo porque su deseo te hacía existir: que eras para su mirada, para su libertad, para su goce. Sabes de lo que hablo, hermana. Ni una sola de nosotras ignora todo esto. Te ha pasado mil veces desde entonces. Te ha pasado en las esquinas oscuras y en las calles mejor iluminadas; te ha pasado en los autobuses, en los taxis, en los ascensores; en los portales, en los parques, en las tiendas. Todas las veces la misma sensación para la que apenas conoces las palabras. La punzada del asco. La misma rabia escalando por las tripas, el mismo temblor atravesándote. La misma sensación después, durante horas. La misma escena persiguiéndote. En algunos de esos hombres viste claramente la intención de recordarte que tuvieras cuidado, que te estaban sobando con los ojos, que te estaban gritando lo que harían con tu coño o con tus tetas sólo porque ellos habían decidido simplemente gritar y no llegar más lejos. Que te hacían el favor de no pasar a las manos, de no acorralarte en un portal y reproducir todo el daño para el que tu madre te había preparado, la amenaza de la violación que planeaba siempre como un pájaro incómodo, todo aquello que desde muy niña sabías que en cualquier momento podía pasarte. Las primeras veces que te ocurrió coincidieron (y no es casualidad) con las primeras veces que saliste sola al mundo, cuando tu entorno empezó a despegar algodones de tu cuerpo, a dejar que chocaras contra el mundo, a regalarte autonomía. Estabas nerviosa, asustada, feliz, insegura; con sed de explorar, de conquistarte, de ir cada vez más lejos. Los primeros gritos, las primeras miradas, las primeras aproximaciones físicas no deseadas pretendían ser claramente una frontera. Un límite. Querían enseñarte hasta dónde podías llegar, dejarte claro que te estarían esperando siempre en la aduana, haciéndote pagar sus aranceles. Querían que aprendieses a caminar con miedo, para que nunca quisieses caminar demasiado: demasiado lejos, demasiado tarde, demasiado sola. Te gritaron lo que harían con tu cuerpo, se pegaron a ti, se restregaron. A veces no hizo falta decir nada. Te ensuciaron sus ojos. Te sentiste de pronto cubierta de saliva. Y otra vez vino el asco. Asco, asco, asco. Otra vez fue la rabia. Y el miedo. Después de responder, de insultar, de gritar, de disparar con la mirada, el mismo temblor atravesándote. Luchaste durante décadas hasta vencer ese temblor, yendo siempre más lejos. Yendo siempre más sola. Hasta dejarlo atrás. Hasta que no hubo miedo. Felicidades, querida. Ahora sólo el asco y la rabia te acompañan.

lunes, 6 de febrero de 2017

TALLER DE LITERATURA Y FEMINISMO




Este taller se propone indagar en las relaciones entre literatura y género desde una perspectiva feminista. Tras desplegar el mapa actual de la literatura, analizando la mínima presencia de mujeres escritoras en antologías, premios, revistas o festivales y dirimiendo qué tipo de escritura “femenina” promociona el mercado editorial y que otras escrituras de mujer silencia e invisibiliza, realizaremos un viaje al centro de la cultura patriarcal, trazando un recorrido histórico por la misoginia en la literatura de todos los tiempos, por los mitos y estereotipos machistas sobre la feminidad que aparecen en los textos escritos por hombres (Pandora, Eva, Lilith, los monstruos femeninos, las brujas, la femme fatale...), y desmontando algunos de los personajes femeninos creados por quienes el canon literario ha considerado los grandes autores de la literatura universal (desde Homero a Nabokov, pasando por Tolstoi o Flaubert). Después de mostrar hasta qué punto la literatura ha contribuido a la producción y reproducción de la ideología machista en la que se sustenta el patriarcado, trazaremos un recorrido histórico por la literatura escrita por mujeres, poniendo el énfasis en las dificultades a las que, en distintas épocas, se han enfrentado las escritoras, así como en los prejuicios sociales y estigmas que han tenido que superar las mujeres que se han atrevido a adentrarse en el terreno literario e intelectual en momentos en los que éste pertenecía por completo a los hombres. Rastrearemos las huellas de las escritoras, las grandes olvidadas de la literatura y analizaremos los personajes femeninos rebeldes, complejos y fascinantes que esas mujeres escritoras crearon, para terminar abordando la escritura de mujer en el género poético y el ensayístico.


PRECIO: 35 EUROS/MES
DURACIÓN: 2 MESES (8 SESIONES DE 2 HORAS DE DURACIÓN)
PROGRAMA A DESARROLLAR:
¿Por qué las escritoras están fuera de campo? Una panorámica del mercado literario actual en el estado español desde la perspectiva de género.

Cuando las feministas empezaron a escarbar. Qué es la crítica literaria feminista y cuáles han sido sus líneas de investigación principales: la crítica de imágenes de mujer frente a la ginocrítica.

Para ellos siempre fuimos las brujas: historia de la misoginia en Occidente. Los mitos fundacionales del patriarcado y los estereotipos machistas de la feminidad.

La mujer mermada: las mujeres que ellos desearon que fuéramos (un viaje de Antígona a La Maga).

Nosotras tomamos la palabra: personajes femeninos en la narrativa escrita por mujeres.

I. Las mujeres sobre las que escribieron nuestras madres. De Jane Austen y las
hermanas Brönte a Virginia Woolf.

II. Los fascinantes personajes femeninos de las narradoras del siglo XX: de Carmen
Laforet a Margaret Atwood.

Se dice poeta, no poetisa: mujeres poetas derribando estereotipos de género.

Una habitación propia: mujeres y ensayo, el legado de Virginia.



miércoles, 25 de enero de 2017

VIRGINIA HABÍA NACIDO PARA AHOGARSE



Nadie pareció sospechar, aquel 25 de enero de 1882, que Virginia Woolf había nacido para ahogarse. Nadie supo entonces que, con ella, todas nos ahogaríamos un poco, pero también que, sólo gracias a ella, nos salvaríamos de ahogarnos. Sonrió a los que la vieron pasear entre los árboles aquella mañana de marzo. Llevaba un abrigo muy largo cuando escribió dos notas breves (una para Vanessa, otra para Leonard) en su pequeño cuaderno. Nadie previó que, antes de llenar de piedras sus bolsillos y hundirse en el río Ouse, Virginia escribiría algunos libros que cambiarían el curso de la literatura para siempre y que (algo más importante todavía) transformarían a todas sus lectoras, dejándonos como herencia una escalera muy grande y una lupa. Gracias a ella alcanzamos la altura necesaria para perder el miedo. Gracias a ella pudimos ver las cosas diminutas, invisibles con las que tropezaban nuestros pasos. Como a menudo ocurre con las grandes escritoras en cuyas biografías hubo desde el principio algo torcido (pienso en el miedo atroz a los otros de Emily Dickinson, en las depresiones recurrentes de Sylvia Plath o en las estancias en el psiquiátrico de Alejandra Pizarnik), cuando se habla de ella casi siempre se recalcan las palabras depresión, enfermedad, locura. Pero nunca se explican las razones de esa incomodidad profunda, de esa continua sensación de estar desencajada. ¿Cómo no palidecer cuando el lugar que ocupas jamás se representa, cuando siempre estás fuera de los mapas? ¿Cómo no revolverte cuando habitas un mundo que no te pertenece? ¿Cómo ser mujer en una realidad hecha por unos pocos hombres que tan sólo pensaron en otros pocos hombres mientras levantaban sus bastones de mando o se subían a los púlpitos de sus iglesias, sin mirar a los ojos a quien guisaba en sus cocinas? Cómo, además, no volverte loca, si pudiste entreabrir una puerta y asomar la cabeza a los sitios prohibidos, si tuviste la suerte de leer los libros que estaban reservados para ellos, de comprar un puñado de hojas y algo de tinta, de conseguir el tiempo y el espacio necesarios para escribir; si lograste publicar, incluso, mientras las manos de las demás se llenaban de surcos, sabiendo que todas tus hermanas se agrietaban por dentro. Cómo no llenar tus bolsillos de piedras y hundirte en el río Ouse si cada palabra tuya era sistemáticamente cuestionada, cada mínima rebelión desaprobada, cuando ellos escupían en cada una de tus pequeñas conquistas y podías intuir ya que 100 años después de escribir lo que escribiste las cosas seguirían prácticamente como estaban. Virginia, lo raro no es que tú te ahogases. Lo raro es que nosotras no te hayamos seguido. Y, si resistimos desde entonces y desde entonces luchamos, es, en gran parte, gracias a todo lo que tú nos legaste: a tu escalera, a tu lupa, a tu palabra.

jueves, 12 de enero de 2017

EL RESTO ERA SILENCIO





Hubo mujeres
que procuraron borrar con su escritura
la escritura de siglos y siglos y siglos
de escritura.
Hubo mujeres que trataron
de poner sus palabras
encima de palabras anteriores:
las que ellos habían dejado caer
sobre sus bocas,
al tiempo que apretaban las mordazas.
Hubo mujeres
que quisieron romper los relatos de piedra
que habían sido tallados al principio del mundo,
(repitiéndose desde entonces
alrededor del fuego,
donde se cuentan las cosas importantes).
Hubo mujeres que aprovecharon
(mientras sus hijos cantaban en la iglesia)
para rayar la luz de las vidrieras,
buscando bajo la Verdad otras verdades.
Hubo mujeres que apartaron de un manotazo,
como se aleja a las moscas de la sopa,
a Santo Tomás, a Freud, a Milton
y al resto de señores con sombrero
para quienes ellas fueron únicamente
unos seres delgados, susurrantes.
Hubo mujeres que,
al escribir, borraron,
pues sospechaban que sólo
en mitad de esa raya con forma de horizonte
se abría un punto de fuga diminuto:
el único posible.
Hubo mujeres que supieron,
sin que nadie tuviera que decirlo,
que, más allá de los confines
de aquella tachadura,
el resto era silencio.



*Serigrafía de Matthai. Título: "Tachadura".

lunes, 24 de octubre de 2016

HOMBRE-PÁJARO CON ALAS DE SOMBRERO




Querido hombre-sombrero; o mejor, mi querido hombre-pájaro con alas de sombrero (a ti, que tanto te gustaban mis guiones). Esta es la última vez que hablamos tú y yo (y, a decir verdad, aquí sólo estoy yo con tu recuerdo). Cuesta mucho, más de lo que habría imaginado. Pájaro negro en vuelo siempre raso, planeando muy bajo, rozando el lodazal con la barriga. Te recuerdo, hombre-sombrero, entrando por la puerta aquel primer día de clase. Recuerdo el dardo clavándose en mitad de las sienes, la punzada en lo oscuro al escucharte. Recuerdo que pinchabas, hombre-cactus, que tus disparos abrían agujeros en el cuerpo y que, de cada agujero surgían un umbral, un pasaje, una compuerta. Y recuerdo nunca más haber sido la misma. Llegó un momento en que Alonso Quijano tenía tus dedos largos y tus ojos. Y, en lugar de aquel Yelmo de Mambrino, llevaba tu sombrero. No existieron más sin ti Cervantes, El Quijote; Egea, la poesía. Querido hombre-sombrero, es tanto lo mucho que te debo... Te debo comprender, tener bien claro que ser marxista significa colocarse en un lugar pequeño y arriscado y, desde allí, saber mirarlo todo sin caerte. Te debo el enseñarme que la literatura, también, pero, sobre todo, la vida, debían ser nombradas desde ese islote rojo y que, si aún no hemos sabido llegar a la otra orilla de la que Brecht nos hablaba, no es, como muchos se empeñan en gritarnos, porque ésta no exista, sino porque no hemos buscado lo bastante. Te debo el haberme revelado que por detrás o por debajo de toda señal siempre hay un cepo, que cualquier cosa que pueda parecer un asidero es, seguro, una trampa. Te debo, mi maestro de la sospecha, adivinar al lobo-Capital detrás de esos ojos de cordero que a todas horas nos miran y aprender a no aceptar nunca, por nada del mundo, sus regalos. Te debo ser esta mujer-fortaleza que intenta resistir los cañonazos, aun sabiendo que al enemigo neoliberal le queda artillería para rato, que esto no ha sido más que una insignificante avanzadilla. Te debo pensar como pienso y como pienso seguir pensando el resto de mi vida (espero ser, como tú, molesta para el poder hasta el último instante). Te debo que, a pesar de ser nuestro Quijote, el que nos enseñó a ver gigantes en lugar de molinos, supieras ser también fiel escudero y estuvieras, siempre que te llamé, a mi lado, flanqueando mis palabras (leyéndome, diseccionando mi escritura, presentando mis libros, escribiendo ese prólogo que se nos ha convertido en epílogo aciago). Te debo ser a veces vigía y otras faro. Te debo mucho más de lo que pueda nombrar toda palabra. Querido Juan Carlos, adiós; querido maestro, amigo, camarada.



*Fotografía: Antonia Ortega.




jueves, 31 de diciembre de 2015

OJALÁ







Escucho “All of me” y “No more blues” y canto. A veces paro y respiro hondo y el olor de la pócima que bulle en mi cazuela me consuela. Cocino para exorcizar a los monstruos que han vivido entre mis paredes este año, que como polizones durmieron en nuestra cama, pegados a mi espalda. Cocino para despedirme de ellos y decirles que, a pesar de todo el odio, he aprendido a quererlos. Para decirles que puede que incluso los eche de menos y que espero, eso sí, que no regresen nunca. Mientras doy vueltas a lo que flota en mi olla, pienso en todos aquéllos a los que he amado, aunque fuese un poquito, en este año rocoso y de ceniza. Desfila mucha gente frente a mí en este recuento de afectos y sonrío. Son un ejército de rostros y de manos tendidas. Y suman muchos más que los fantasmas, aunque a veces no haya sabido darme cuenta. Y por detrás de esos fantasmas y de los rostros amigos, siempre tú y tus besos y tu cuerpo-refugio. Tú poniendo tiritas y empujando despacio. Esta noche brindaremos juntos y estaremos en familia. Y yo repetiré para mí, como si fuese un conjuro: “Ojalá que en el 2016 la vida se ablande. Ojalá que yo pueda ablandarme con ella. Ojalá que haya menos aristas, menos cristales, menos guijarros. Ojalá que sea más fácil deslizarse. Ojalá que saquemos la cabeza del fango. Todos. Todas. Ojalá que nos dejen, ojalá que sepamos ser mejores. Ojalá que podamos abrazar a los monstruos hasta que se vuelvan esponjosos”.

miércoles, 19 de agosto de 2015

UN PERFECTO DESCONOCIDO



París se desplegaba ante su mirada. Desde detrás de la ventana, las personas sentadas en las terrazas de los cafés, los grupos de turistas, la gente que caminaba por las calles, eran figuras borrosas, contornos tan sólo, pequeñas manchas en movimiento: manchas desplazándose sobre los adoquines, asomando entre los árboles o paradas al borde del río. Grupos de manchas detenidas frente a la fachada de una vieja iglesia; manchas solitarias deslizándose a prisa de un lado a otro de la calle; parejas de manchas detenidas en mitad del puente de piedra, muy juntas, con su balanceo casi imperceptible.
Como si se tratase de un mundo visto por primera vez, Filippo oteó la orilla del Sena nada más salir al balcón de la suite presidencial de su hotel. Con extrañeza, siguió con la mirada el recorrido de uno de esos barcos para turistas que cruzan el río. A Filippo le pareció hermoso el efecto que la noche daba a la embarcación, cómo la convertía en un montón de luciérnagas cabalgando la oscuridad del agua. Pero le pareció hermoso sólo de la manera en que a veces encontramos belleza en las cosas por las que no sentimos ningún tipo de apego, aquéllas que nunca, por el hecho de sernos tan ajenas, podrían llegar a conmovernos.
Había comenzado a sentirse extraño en el restaurante del hotel, poco después de que le sirvieran la cena. “Cárguelo a la habitación 213”, se había oído decir sin saber muy bien de dónde venían sus palabras. Tras tomar el café, se había encontrado algo mareado y había caminado por el interminable hall hasta el ascensor, para después tomar el pasillo de la izquierda, directo a su suite. Llevaba una hora mirando por la ventana cuando se decidió a salir al balcón. Resultaba inquietante aquella imprecisión, aquel baile confuso de figuras desconocidas, irreconocibles. Sólo en el desplazamiento acompasado de las embarcaciones sobre el Sena encontraba Filippo cierto sosiego.
Volvió a su habitación y, convencido de estar ante la ropa de otro hombre, Filippo observó largo rato la chaqueta colgada en el respaldo del sillón y le admiró el impecable planchado de los pantalones negros junto a los que reposaba una corbata gris perla. Después, esforzándose por descifrar aquella letra extraña, Filippo leyó el cuaderno de notas de encima del escritorio y lo dejó, después, al filo de la cama. Tomando entre sus manos la cartera que asomaba del bolsillo de la chaqueta, Filippo palpó la elegante piel marrón, alabando para sí el buen gusto de su propietario; la abrió, contó el dinero, revisó las tarjetas de crédito y extrajo de ella una única fotografía. Miró fijamente a la mujer rubia pesando que era bella; desplazó su mirada al bebé que sujetaba y al tipo con los pantalones negros y la corbata gris perla que posaba junto a ella. Parecían felices.
Sin saber por qué, comenzó a inquietarse. Algo no terminaba de ir bien. Caminó hacia el aseo y, mientras la bañera redonda se llenaba de agua, agarró el cepillo de dientes, se enjuagó la boca y lo colocó en una enorme bolsa de aseo que le dio la sensación de ser amplia y muy práctica; el tipo de bolsa que él hubiese elegido. Al salir del baño, en el espejo empañado por el vaho, examinó con desconcierto aquel cuerpo desnudo, como si ni una sola de sus partes y, mucho menos el armónico conjunto que todas ellas formaban, fueran suyos. Permaneció largo rato sumergido en el agua y salió, al fin, envolviéndose en un albornoz blanco, mullido. El baño no le había tranquilizado. Cada vez estaba más inquieto. Se afeitó con automatismo, acarició su rostro y miró esos ojos, turbado por la sensación que le había perseguido durante todo el día, ésa de la que no lograba desprenderse: ¿qué tenía él que ver con aquel hombre que le asaltaba en una fotografía para volver después a acecharle detrás de los espejos? ¿Qué siniestra alucinación estaba teniendo? Intentaba recordarse a sí mismo, pero sólo era capaz de verse como una mancha informe parecida a las que había observado aquella noche desde la ventana. Sus escasos recuerdos de aquella noche lo convertían también a él en una figura borrosa, en un contorno indefinido.
Volvió al dormitorio y, agitado por una creciente angustia, bordeando el ataque de pánico, revolvió la maleta negra hasta dar con un bote de barbitúricos. Desesperado, se los tragó uno a uno, hasta terminar con todas las pastillas. Unos minutos después, los dedos de las manos se aflojaron y sólo se oyó el rumor de un cilindro de plástico, hueco, vacío, rodando sobre el suelo. Y Filippo cayó, flojo, elegante como un bailarín de ballet, sobre las baldosas de mármol, justo a los pies de la cama.
Cuando la mujer rubia llegó al depósito de cadáveres al día siguiente, inspeccionó una a una las pruebas periciales, horrorizándose al comprobar que, sin lugar a dudas, aquellas ropas, la agenda, esa cartera, la documentación, la fotografía de carnet, los enseres de aseo, eran los de su marido. Al llegar a la mesa de autopsias, los policías descorrieron la sábana que cubría a Filippo. Siendo, incluso, el cuerpo que yacía en la mesa de autopsias el de su amantísimo esposo, el rostro de la mujer no mostró perturbación alguna. Estuvo observando largo rato a aquel hombre y en todo momento le pareció un perfecto desconocido.